El hombre nace bueno; la sociedad no necesariamente lo corrompe

El filósofo francés, Juan Jacobo Rousseau, dijo que: “el hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe”. Esta es una verdad a medias, pues el hombre está dotado de razón y libre albedrío para decidir lo que es mejor para él. No es cierto, entonces, que se deje manipular por la sociedad. Esta influye pero no determina el destino del hombre. Allí está la diferencia entre los hombres buenos y los malos.
Se afirma que el hombre por naturaleza es proclive al mal. Esta realidad, a veces inevitable, refleja el viejo oráculo cuyo símbolo es la muerte de Abel a manos de su hermano Caín. A diario observamos una ausencia de amor producto tal vez del egoísmo, la envidia, la vanidad, la soberbia y la indiferencia. Pero esto no debe servirnos de justificación para pensar que la humanidad está perdida. No debemos alarmarnos, pero tampoco aceptar resignados lo que somos, puesto que sí podemos cambiar para bien. Para los creyentes cristianos la fórmula es “nacer de nuevo”, como Jesús le dijo al sabio Nicodemo (San Juan 3: 6-7); y, para los no creyentes, es el propio hombre quien de motu proprio lo puede lograr. De cualquier forma, el hombre aspira al cambio, hacia eso camina y puede cambiar.
Paralelamente encontramos hombres y sociedades mejor predispuestos para el orden, la disciplina, la responsabilidad y la moral, promotores del altruismo, la honradez y la solidaridad. Es verdad que el hombre ha trasmontado el estado de la barbarie al de la civilización; ha mejorado en muchos sentidos y, sin embargo, paradójicamente, se ha convertido en el esclavo de sus propios inventos. Es más, la certeza de que la civilización le conduciría a la felicidad es un bluff. Fue al revés, pues lo llevó al estrés, la fatiga y la depresión, en otras palabras: a la
infelicidad. No obstante, y en definitiva, el hombre, como los pueblos, se dignifica con los valores, bienes inestimables que hay que cuidar celosamente como camino cierto hacia el gran cambio positivo. La libertad es un don preciado y superior del hombre que no admite ser manipulado por la sociedad.

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